Creo que mi niñez me sabe a limonada. Porque, además de ser uno de mis jugos predilectos a la hora de escoger, pienso en la cantidad de veces que de niña escribía y me los comía. Trae a mi memoria cuando mi madre me contó sobre sus antojos de embarazada, cuando tomaba jugo de uva con limón que preparaba mi padrino. Evoco cuando me comía los limones pelao’s, como dice mami… y todavía. Recuerdo que mi atracción por la escritura no comenzó ahora, ni tampoco cuando mi maestra de Español de tercer grado, me dijo: “Deberías escribir, tienes talento”.  

Aptitud que al parecer he desarrollado mucho antes de lo que había imaginado. El jugo de limón trae a mi retentiva que con dos o tres papeles de construcción, escribía la típica historia de una madre y una hija de día de campo. Esa historia que siempre comenzaba de la misma manera: “Había una vez”. Aquella en la que preparaban jugo de limón con el fruto del árbol de la ilustración. Sí, porque también lo dibujaba.

Las primeras veces que se los mostraba a mi madre ella elogiaba mis cuentos.. los adulaba. Cuando se dio cuenta que era de lo único que escribía, decía: “¡Otra vez la limonada y el campo!”, pero ahí seguía yo. Ya hasta se aburría, sin embargo, así terminó la pequeña Angélica… escritora, amante al limón, y agria.

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Angélica la agria, pero coqueta.

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